domingo, 8 de abril de 2012

La aprendiz y el maestro del sexo

Mis labios en tu piel, tu lengua sigilosa en el bosque del Edén,
Dosificábamos caricias, mientras las golondrinas una, a una huía
De aquella guerra de cuerpos entrelazados, empalmados por el simple deseo
De encarnarse, codiciar y embriagarse de placer,
¡Oh si!, prohibido placer, unión de almas, unión de cuerpos
Unión de infranqueable éxtasis eterno…
¿Me olvide de ser aquella aprendiz?,
La que añoraba recorrer lentamente tu boca,
Admirar cada centímetro de tu cuerpo,
Traspasar ese calor en nuestro bosque secreto
¿Ó él?, de ser mi diestro maestro,
Enigmático poseedor, solitario pasajero…

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